viernes, 1 de diciembre de 2023

 


Escribimos este blog para recordar y dar fe de lo maravilloso que fue la visita a nuestro país vecino en nuestra pequeña furgo, en esta ocasión tuvimos la suerte de conocer ciudades y lugares estupendos en el Norte de Portugal, hay que destacar Oporto por su vistosidad y su grandeza, pero todos aquellos lugares y ciudades que visitamos, hicieron las delicias de nuestros sentidos. Destacar la amabilidad de las gentes con las que establecimos comunicación verbal, tanto de nuestro país que con muchos coincidimos, como con los lugareños, siempre atentos a todo visitante que circula por Portugal. Gracias por vuestra acogida. 




Día 1: Tudela de Duero - Guimarães

El miércoles día 9 de agosto, fue el inicio de este viaje programado a la zona norte de Portugal. Con todo preparado partíamos a eso de las 17:00 hora española, con rumbo a la ciudad de Guimarães. Apunto lo del horario español, pues en el país vecino nos toca retrasar los relojes una hora.
Los planes desde un principio habían sido hacer el viaje por Miranda do Douro, pero el navegador decía que para llegar a ese lugar lo mejor era por la autovía de la Coruña, y en Benavente dirigirse hacia Orense, así con una parada en Puebla de Sanabria para tomar un café y estirar las piernas, llegamos a Verín donde otro desvío nos llevaría directamente a Guimarães, destino final para ese día.
También decir que, en esta ocasión viajamos tres en nuestra pequeña furgoneta, una sobrina quería vivir la experiencia de esta forma de hacer turismo, y para ello, hemos tenido que preparar un habitáculo en la parte delantera, a la ancha desde el asiento del conductor hasta el del copiloto. 
 Las cuatro horas que marcaba el recorrido, se quedaron cortas cuando al llegar tuvimos que colocar los relojes en las 20:00, atrasándoles una hora y adelantando la llegada, para satisfacción nuestra. 
Si viajas a Portugal tienes que tener alguna pauta sobre carreteras, horario, móviles etc. En cuanto al horario es sencillo, pero a la hora de circular hay que saber que las principales carreteras son de pago. Es tan fácil como vincular  una tarjeta o cuenta a la matrícula de tu coche y así cruzar el país por sus arcos detectores sin ningún problema. Y como ya no somos capaces de movernos sin teléfono móvil, también tenemos que tener en cuenta el roaming, que desde hace unos años la U.E. lo simplificó para ponerlo fácil y gratuito, por tanto no hay mucho que hacer sólo activar la itinerancia de datos en nuestro celular.
Como ya llevábamos la dirección del lugar donde aparcar con nuestra furgo, solo fue elegir sitio al llegar, en esta ocasión el área de autocaravanas de dicha población portuguesa. 
Dicho lugar está situado muy cerca del centro histórico, lo que permite visitar la ciudad con mucha comodidad y sin tener que estar pendiente de mover el vehículo. De hecho después de cenar tranquilamente y dejando las camas hechas nos pusimos en camino a echar un vistazo de noche, y de paso hacer alguna foto que con las luces las poblaciones dicen otra cosa. Tomamos un café por 1 € que en España en pocos sitios lo cobran a ése precio y nos volvimos a la furgo a dormir. 
Estábamos algo inquietos, pues al ser tres, no sabíamos si íbamos a pasar calor, pero todo fue bien, y con la ayuda de los ventiladores recientemente adquiridos y los aireadores de las ventanas, todo perfecto, aunque ayudó en gran medida, que por la noche refrescó hasta el punto de tener que taparnos.
La noche fue muy tranquila, y así amanecimos el jueves en aquél bien situado lugar dispuestos a conocer el sitio que habíamos elegido visitar. 

Datos:  Donde dormir: https://goo.gl/maps/GuZWcVJqaSTKhE1Q9   área de autocaravanas





DÍa 2: Guimarães – Vila do Conde - Lavra (Pedras do Corgo)

 La mañana del jueves 10 de agosto, apareció algo cargada de nubes, pero no era preocupante pues para visitar el lugar cuanto menos calor mucho mejor.  Allí estábamos, muy cerca del punto de inicio del teleférico que sube al Santuario de la Peña. Recogimos la furgona, y nos fuimos a la ciudad a desayunar, como ya habíamos conocido algo en nuestro paseo nocturno, fuimos directamente a la plaza principal.


Apenas hacía una hora que habían abierto y aún algún establecimiento lo estaba haciendo, lo bueno de madrugar es ver como despierta la ciudad, como abren los comercios, los servicios de limpieza riegan jardines y parques, y las gentes del lugar acuden a la panadería a por el sustento diario. Sentados en la terraza de aquel bar,  en la plaza Largo de Oliveira, degustamos un suculento y abundante desayuno.

Terminados dichos manjares, recorrimos los mismos lugares que por la noche, pero esta vez con luz diurna, donde todo adquiere otro carisma y otro encanto. Una de las visitas obligadas es el castillo, el cuál nos agradó en toda su extensión, lo cierto es que se hace raro volver a aquellas épocas donde los castillos eran viviendas, eso si, para unos pocos privilegiados, cuesta pero apetece imaginar como sería aquella vida, tanto en verano como en invierno. En fin, si los castillos como lugares favoritos eran viviendas para la alta sociedad, recorriendo las calles, encuentras las casas de la gente corriente, que también cuesta imaginarse como sería esa vida, aunque seguramente mucho más dura que la de la nobleza, mucho han cambiado los tiempos, o quizás no.

Pateada la ciudad y complacidos por lo visto, decidimos subir en el teleférico hasta el santuario que se divisaba desde abajo. EL viaje dura unos diez minutos y ofrece una de las mejores vistas de Guimarães, como norma las fotos y los videos quedan corroborando lo dicho y visto.


Una vez arriba una serie de caminos con mucho encanto, nos dirigen hasta este santuario de la Peña, el lugar se nota que es muy visitado por los turistas, por sus jardines, sus fuentes y sus vistas de la ciudad merece la pena visitarlo. Ya empezaba a hacer calor, pues hasta entonces se estaba a gusto, así que siendo cerca de las trece horas y cansados de andar, nos bajamos de nuevo en el teleférico, y como teníamos el vehículo al lado, emprendimos camino hasta el nuevo rumbo. A pesar de llevar todo muy bien preparado, y los sitios con sus respectivas direcciones, este tipo de turismo es una aventura constante, nunca sabes donde acabaras pasando ni la noche ni el día, quizás sea eso lo que le hace interesante. Próximo destino Vila do Conde
El lugar que teníamos designado para aparcar y establecer el campamento, resultó un lugar demasiado concurrido, quizás por ser una hora donde todo el mundo estaba en la playa, o que ese sitio es de mucha afluencia. Lo que apremiaba en ese momento era comer, conseguimos un lugar donde aparcar y allí mismo nos comimos lo que habíamos comprado en el Mercadona una hora antes. Nos hemos dado cuenta que después de la comida que nosotros llamamos principal, resulta muy conveniente descansar un rato, así pues, recogimos los bártulos de comer, y los tres acomodados en la furgo nos echamos una siesta. 
Visitamos el lugar, ya entrada la tarde, nos acercamos hasta la playa donde tocamos agua por primera vez en este viaje, el baño por estas zonas, además del agua fría, se une el fuerte oleaje, imposible bañarse a gusto, con remojarse un poco es suficiente y aún así te la juegas con las olas.
No fue de nuestro agrado el lugar y cambiamos los planes, consultando el mapa, un poco más adelante de Vila Do Conde está Lavra, una pequeña población donde allí sí, vimos buen lugar para dormir. 
El lugar era ideal, teníamos la playa a pie de furgo, y las duchas de la playa justo detrás de un muro donde aparcamos. A pesar de tener la posibilidad de ducharnos en ellas, decidimos de hacerlo con nuestra ducha solar, así Hada y Susy se ducharon en la furgo, y Yo para abreviar lo hice en las de la playa. 
Nos dimos un paseíto, hasta uno de los chiringuitos, por el paseo de la playa, que arrancaba justo donde estábamos estacionados, nos tomamos un refresco y un helado y vuelta al lugar. Conocimos por el camino a una familia, que también viaja en furgoneta, esta es mucho más grande que la nuestra, pero también son más. Ella rusa, el ucraniano, con tres hijos, veranean allí desde hace tiempo, este año les ha tocado alquilar la furgo, por no haber casas disponibles. Fueron los que nos informaron de que el lugar era perfecto para dormir. Y así vimos como el sol se ponía en un bonito y vistoso atardecer, que nos regaló esa primera tarde junto al mar. Comenzaba de nuevo el final de otro día, donde solo quedó cenar y preparar para pasar una nueva noche. 


Datos:

Ver el jueves: https://www.viajeroscallejeros.com/que-ver-en-guimaraes/     

Donde dormir:  https://goo.gl/maps/13Xhp2wy6vhn5iqr6

                            https://goo.gl/maps/wW2oaTtGJoTpfhFc7

Dia 3: Lavra (Pedras do Corgo) – Oporto

 La noche fue muy tranquila en este nuevo emplazamiento, viernes 11 de agosto, los primeros rayos del sol nos despiertan y no tenemos más remedio que desperezarnos y salir a contemplar como comienza un día que promete atractivo. Como los anteriores, las nubes cubren algo el cielo y dan esa tranquilidad de no pasar calor.  Dejamos a nuestra joven acompañante durmiendo un rato más, y nos fuimos a desayunar a una cafetería cercana. No podíamos estar en mejor sitio, a pie de playa, chiringuito cerca, cafetería a dos calles de distancia y el paseo del mar para andar lo que se quisiera. Volvimos de desayunar y despertamos y desperezamos a la joven dormilona, la acompañamos a hacer lo propio a la cafetería, y nos fuimos después los tres a pasear hasta la otra punta de la playa donde se divisaba un faro y un barrio de pescadores.


Lo cierto es que el lugar era muy pintoresco, unas barcas varadas en el final de la playa, supuestamente llegadas de faenar, las casas típicas de los pescadores, cuyas mayores ornamentas eran los trastos y cachivaches del oficio de pescar,  supuestamente el lugar era el comienzo de ese pueblo y su actividad, a las claras, pesquera. Algunas mujeres exponen algunas capturas en barreños,  no con mucha confianza de salubridad, aún así algunos transeúntes se acercan a preguntar por el precio de un pulpo, los hombres arreglaban y preparaban redes y barcas, todo el mundo estaba haciendo algo, luego supimos que son los barcos que salen a pescar por la noche, los cuales veíamos desde la playa y desde nuestro privilegiado sitio de aparcamiento.
Lo más alarmante para mis acompañantes fue el fuerte olor que el lugar desprendía, entre pescado podrido y algas muertas, lo cierto es que se hacía algo desagradable, pasamos todo este lugar y giramos en el espigón que conducía al faro que habíamos divisado. El cartel de peligro por oleaje fuerte, muy semejante al de los cables de alta tensión, no parecía detener el paso de nadie, sí comprobamos, que al llegar hasta el final donde estaba el faro, que algunas olas eran capaces de sobrepasar el rompeolas y mojarnos los pies, después de dejar plasmado el lugar con nuestra cámara y algunos poses fotográficos de la joven, nos fuimos a traspasar de nuevo el sitio del mal olor, decidimos ir por el pueblo y no por el paseo de la playa que es por donde vinimos, y tomar de paso un café que la hora ya lo pedía.

Un Continente se nos interpuso en el camino y entramos a comprar algunas provisiones, siempre es necesario tener comida y bebida por lo que pueda pasar, en Portugal todavía existen los supermercados Continente, que junto a los Intermarché y los Mercadona, entre otros menores, abastecen todas las necesidades, nosotros somos los que nos beneficiamos de todos ellos. Nuestro regreso del paseo suele coincidir sobre las 13:00 horas, pronto para comer y el momento justo para intentar refrescarnos en ese mar que teníamos a nuestros pies, y tumbarnos en esa playa, que hasta el momento nos respetaba de sus vientos zurcidores de arena. Cogimos los bártulos playeros, incluido el cortavientos que con mucha prevención habíamos comprado en España y aposentamos nuestros cuerpos en la arena, con crema hasta la saciedad y la cabeza a la sombra. Lo de bañarse se nos puso más complicado la bandera amarilla ya anunciaba el estado del mar, así que solo pudimos meternos hasta la cintura y con el temor de que no viniera una ola más grande, por lo que remojados, que no bañados, nos conformamos con tumbarnos al sol, aunque fuese por poco tiempo. Comimos en la furgo, no había ganas de andar buscando, como de costumbre nos tumbamos la siesta, nos pusimos al día con las redes sociales, y de nuevo nos acercamos hasta la orilla del agua, donde otra vez en un intento fallido, fracasamos al querer bañarnos, de nuevo refrescarnos fue nuestra mejor opción. No queríamos movernos tan pronto de hora como el día anterior, pues hay horas en que la gente se va de las playas y esa es cuando nosotros debemos de llegar, la ventaja es que no encuentras sitio, eliges sitio. Esta vez el destino era el área de autocaravanas de Oporto, que era nuestro plato fuerte de visita en este viaje. Aprovechamos de nuevo tener la ducha al lado, y eso hicimos, ducharnos. Arregladitos y limpios dimos un último paseo en ese fantástico lugar, como despedida saboreamos un delicioso helado en el chiringuito cercano.  Salimos de Lavra, de esa playa, Pedras do Corgo, sin conocer Vila do Conde, pero contentos, y en el reloj las 19:00 horas, ideal para acudir al siguiente punto.

En poco menos de una hora estábamos aparcados en las afueras de Oporto, un barrio que parece tranquilo y de trabajadores, el área está casi lleno, pero nosotros somos pequeños y nos hacemos hueco al fondo del todo, a un lado una Mercedes Vito, y al otro los dos lugares destinados a minusválidos, una autocaravana grande nos quita la vista de la carretera que está a unos escasos cuarenta metros.

Aposentados en el lugar, empezamos a hacer planes para el día siguiente, y lo primero era el manejo del metro de aquella ciudad. Nada más cruzar la carretera estaba la línea de metro, y la parada de metro de Venda Nova, nombre que designaba también al área de autocaravanas. Después de estudiar el mapa en la mampara de la parada, sin enterarnos de nada nos volvimos a la furgo, con la intención de cenar, aún teníamos albóndigas en la nevera, nada más preparar llegaron los vecinos , un Jerezano y su mujer cordobesa, con una niña de 9 años, empezamos a hablar y como todos estábamos a lo mismo, ellos ya venían de visitar Oporto, acto seguido de las presentaciones nos regalaron rechazando el pago, cuatro billetes de metro, nos explicaron como debíamos de hacer para  acudir al centro de la ciudad e intercambiamos muchas opiniones y cosas sobre el mundo de las furgonetas, era su primera vez de un viaje largo. Y poco más aconteció en el día, solo nos quedaba pasar la noche y esperar que Oporto nos deleitara con la belleza y grandeza de la que nos hablan. Continuará.

Ver el viernes https://ciudadesylugares.com/vila-do-conde/

Donde dormir:   Área de autocaravanas: https://goo.gl/maps/27xqLVPoXm3VYZubA

                                Cerca del área por si está lleno: https://goo.gl/maps/tHaBpD81z4s8VLu79

                               otra opción más cerca del centro: https://goo.gl/maps/zEybvKCW4nQ4GBUS9


Día 4: Oporto - Oporto

 Muy temprano nos invadió la luz por las diminutas y escasas rendijas de los parasoles, y como días anteriores, abrimos nuestra pequeña y eventual casa, y descubrimos un nuevo amanecer. Oporto nos esperaba como a miles de personas para descubrirle y ser nosotros en primera persona los que opinásemos si era digno o no de visitar. Vestidos y lavados la cara en tiempo récord, desayunamos y con todo preparado para documentar el día, cruzamos la carretera y emprendimos nuestro periplo más o menos certero con el manejo del metro. Resulta que hay que sacar un billete para cada uno, pero claro nosotros teníamos un solo billete, pero con cuatro viajes, aquello solo pica un billete por muchas veces que lo pases por la máquina, así que sacamos otro y picamos en total dos, uno de cada billete.


Resumiendo viajamos tres, con solo dos descargas, así fue la ida y la vuelta. Creo que ahí viaja la mitad de la gente gratis, ni tornos de paso, ni revisores, en fin. No estaba cerca la estación del mercado del Bolhao, 12 estaciones se interponían entre nuestra Senda Nova y esta que recibe el nombre del mercado que al lado está. Nada más salir de la boca del metro, lo primero que encuentras de frente es la bonita fachada de la iglesia de Santa Catarina con sus azulejos azules, buen recibimiento para comenzar una visita a la ciudad. A muy pocos metros se encuentra el ya nombrado mercado de Bolhao, por la hora muy concurrido, dos plantas para un imponente edificio, con mucha actividad y muchos puestos de venta de todo tipo de alimentos. Siguiendo un pequeño itinerario que encontré en una web, nos dirigíamos hacía la torre de los Clérigos, pero cambiamos de rumbo, cuando dimos con una enorme plaza. Dicha plaza alberga el Ayuntamiento de la ciudad, allí llamado cámara municipal, dos grandes avenidas a sus lados, una de ellas muy nombrada, la avenida de los Aliados, todo Portugal tiene muy grabada su famosa revolución de los claveles, la historia de este país cambió con ese evento. La calle  desemboca contra la estación de Sao Bento, con sus famosos azulejos y su grandiosidad, lugar de obligada de visita. De nuevo nuestros cuerpos nos pedían degustar algo de tentempié, y sorteando un nudo de calles, escogimos la concurrida y vistosa rúa de las Flores y en una de sus cafeterías volvimos a degustar el buen café de estas tierras y una tartaleta como la que comimos en su día en Lisboa.
Siguiendo por dicha calle, llena de gentes y comercios, llegas al mercado Ferreira, un edificio rojo que impone, de frente un gran jardín y a su derecha la famosa cámara de comercio. Nuestro empeño y más cercano deseo era llegar al Duero, ese mismo río que baña nuestra tierra y nuestro pueblo y que a cientos de kilómetros, se nos volvía a presentar majestuoso antes de verter sus aguas al océano Atlántico. Sí, ese océano que tan frías y tan revueltas son sus aguas para el baño. Al acabar una pequeña y estrecha calle descubrimos el alma de esta ciudad, lo primero un conglomerado de railes que van y vienen, y los tranvías tan característicos de esta villa. Cruzando por todo ese entramado, llegamos al borde del río, majestuoso, su anchura deslumbra y su actividad naviera, más turística que de otra índole, da muestras de la importancia que a lo largo de la historia a tenido esta gran ciudad. Apostados en la baranda del borde, nos deleitamos con ese río que nos transporta, sabiendo que esas aguas pasaron cercanas a nuestras casas y acaban allí, cumpliendo un fin de ciclo tan loable como todo lo ofrecido en su largo recorrido. Desde ese punto ya se divisa otra de las joyas de éste lugar, el puente de Luis I, un puente construido en hierro  y con dos plataformas, vida por arriba y vida por debajo, cumple su función con creces.
Lo pasamos por debajo sin dejar de asombrarnos por su majestuosidad sobre el Duero y no podíamos dejar de subir por una de las calles que nos condujeron a la parte superior donde predomina la línea de metro, gentes, metro, coches y artistas callejeros  se mezclan en algo que encandila y se presenta mágico. Nada más atravesar este famoso puente, el estómago pedía su sustento y tocaba buscar un sitio para deleitar lo que todo el mundo ensalza en Portugal: su comida. Antes de eso, visitamos otro idílico lugar, la catedral, un majestuoso edificio con su plaza, donde personas paseando y fotografiándolo todo se entremezclaban en un ordenado desconcierto, al tiempo que un musico callejero tocaba "Por ti Volaré" de Andrea Bocelli. Un rato antes la cantante callejera, como así se denomina ella, Estrela Gomes, regalaba para nuestros oídos aquel gran éxito de Elvis Presley, "I cant help falling in love", realmente una maravilla. Después de varios intentos fallidos por encontrar sitio, en el barrio de Riviera, situado junto al río, por una de sus estrechas calles, rúa da Fonte Taurina, encontramos mesa para tres en el restaurante Adega do Conde y allí saciamos nuestro apetito. El lugar parecía sacado de una película de bucaneros, solo faltaba el loro subido en la barra y el cocinero con pata de palo, el pañuelo en la cabeza ya lo llevaba. ¿Quién sabe si algún día esa escena fue realidad?. 

Oporto estaba satisfaciendo nuestras expectativas, pero tantas horas pateando la ciudad, requería de un pequeño descanso, pero aún nos quedaba ver la torre de los Clérigos aunque no subimos y hacer un intento para entrar en la famosa librería Lille, la que ha liado Harry Potter, la cola era para casi cuatro horas, así que desistimos y tomamos rumbo por esa parte de la ciudad que no habíamos visto, hacia el lugar y esa boca de metro, que por la mañana nos vomitó en la calle frente a Santa Catarina. No sin antes entrar en la pastelería Bem Bom y comprar algunos dulces típicos.

Regresábamos a nuestro punto de partida, cansados pero contentos por lo visto y vivido, con un montón de sensaciones y la cabeza llena de imágenes a cual más agradable de recordar.

De nuevo contando las paradas tantas como 12 estaciones, a la 13 nos apeábamos en el lugar donde habíamos dejado nuestra pequeña furgoneta. Caía la tarde y ya tranquilos y apaciguados de tanto trajín, nos llegó la hora de dormir y esperar al siguiente día, el quinto de nuestra aventura en tierras de Portugal.

 Ver el sábado:    https://www.viajeroscallejeros.com/oporto-en-dos-dias/

Dormir en Oporto: Área de autocaravanas:   https://goo.gl/maps/27xqLVPoXm3VYZubA

                                Cerca del área por si está lleno: https://goo.gl/maps/tHaBpD81z4s8VLu79

                               otra opción más cerca del centro: https://goo.gl/maps/zEybvKCW4nQ4GBUS9 

 Duchas en Oporto: https://goo.gl/maps/iirD32ygKNMxGHp2A

Aparcar en parque Cidade, para duchas:  https://goo.gl/maps/YWNUKB86h14drDd67

Día 5: Oporto - Costa Nova (Aveiro)

 De nuevo otro amanecer rodeado de autocaravanas y alguna furgoneta que otra, todas más grandes que la nuestra. La idea para este día que comienza, visitar el estadio del Oporto, aunque sea por fuera, por deseo expreso de nuestra adolescente compañera. Y luego por otro deseo de la que ya no es adolescente, acercarnos hasta la desembocadura del Duero y ver ese final del río.

Lo primero en este mundillo es recoger todo, y esta vez colocarlo en su debido lugar, habíamos decidido ir con el coche, para proseguir viaje y no tener que perder tiempo volviendo al área. Muy cerca de donde dormimos, había varias cafeterías, acudimos a una de ellas ya con todo listo para viajar los tres. Las gentes de Portugal se caracterizan, al menos esa impresión he tenido las veces que he ido, por su cordialidad, cierto que nuestra idioma no es el mismo, aunque nos entendemos a poco que hagamos un pequeño esfuerzo, y ahí es donde ellos procuran complacernos, lo cuál es digno de agradecer. Desayunamos y pusimos el GPS rumbo al estadio de los dragones, dicho así suena a chino, es simplemente el terreno de juego del Oporto, club de los más grandes de este país y donde militó nuestro Iker Casillas desde el 2015 hasta el 2020. Terminamos de ver por fuera el estadio y de nuevo rumbo al centro de la ciudad, aparcamos muy cerca del lugar donde queríamos ir.
Nuestro gozo en un pozo en cuanto a vistas del lugar, una espesa niebla envolvía el lugar, con ánimo de levantar, pero no a tiempo de contemplar lo que vinimos a observar. Pese a todo la temperatura era perfecta y paseamos por su orilla, pegados al malecón y fotografiando los barcos y barcazas entre la niebla que permanecían varados en puerto. Un observatorio  meteorológico colocado justo antes de terminar el río y comenzar el océano, servía de respaldo para un par de pescadores que prueban suerte en ese arte para gente paciente, que es la pesca. Con más o menos suerte nosotros descubrimos otro punto de vista de la ciudad algo distinto del céntrico y aunque no muy alejado, la vida se mueve a otro ritmo, hay más jardines, parques, más gente haciendo deporte, más paseantes que turistas, pero lo que no falta es el vistoso y enigmático tranvía, en una intersección de calles tienen su parada y se van llenando de gente, algunos lo usarán como medio de transporte para sus trabajos, compras, etc. y otros simplemente montarán por tener el recuerdo de haber viajado en el mítico y peculiar tranvía de Oporto.
Poquito a poco y siempre paseando, llegamos de nuevo a nuestro propio medio de transporte, que en este caso nos sirve de eventual y nómada forma de viajar. El siguiente destino ya estaba en el GPS y saliendo de Oporto por otro de sus puentes, cruzamos el Duero y despedimos a esta ciudad que nos ha encandilado. Y si dejamos una hermosa ciudad, vamos camino de otra que para nosotros ya no era desconocida, y que será de nuevo apuntada por el objetivo de nuestras cámaras y miradas. La parte de lo que es ciudad, es inevitable atravesarla antes de llegar a la zona de playa que era nuestro deseo, Costa Nova es como una extensión de Aveiro, es la zona de baño de todo el que vive en el interior, parece a mi entender un pueblo de veraneantes, donde los más agraciados tienen sus casas y el resto le toca acercarse en sus coches y eso hace que a nosotros nos cueste llegar al área marcado como aparcamiento para autocaravanas. Nos costó llegar y nos costó encontrar sitio, no olvidemos que estamos en agosto y para el veraneante es el mes favorito para disfrutar de la playa. Pese a la tardanza el hueco que encontramos fue de nuestro agrado, unos tocones de madera delimitaban el sitio para cada vehículo, y ahí entre dos autocaravanas protegida, colocamos la furgoneta y montamos en campamento. Llegamos sobre las 14:30, nos acercamos a la playa con la esperanza de tener más suerte de baño, paseamos por las maderas a tal fin dispuestas y nos dispusimos dándonos sombra propia, alrededor de la mesa y de nuevo comimos en el lugar .

La siesta es algo obligatorio, no por ser español sino porque estar todo el día trasteando, se haría agotador si no descansas un poco a mediodía. Entre unas cosas y otras nos dieron las seis de la tarde, apetecía acercarse a ver las casas de colorines tan vistosas y tan famosas de esta pequeña población, este pueblo es como un espigón saliente al mar, por un lado tienes el océano y por el otro la ría que viene de Aveiro, más tranquila de aguas y con un paseo muy apetecible de deambular y descubrir el colorido de sus barcas en el pequeño puerto, pero como digo, las estrellas del lugar son sus casas rayadas, una maravilla para la vista y una alegría para nuestras fotos. El ambiente era festivo, debían de haber celebrado una fragata, entregando los premios estaban en algo que parecía ser la cofradía de pescadores. Fotos y más fotos delante de las casas, incluida donde en el año 2005 nos tomamos una instantánea y que aún conserva todo su esplendor.
Siendo ya una hora cercana a la cena, nos volvimos a la furgo, donde nos dimos una ducha y limpios y aseados preparamos un suculento alimento para satisfacer nuestros estómagos. Nos dio tiempo de acercarnos a la playa antes de que el sol desapareciera del horizonte y pudimos contemplar un bonito atardecer  con el océano de frente, el mismo que no nos dejaba disfrutar a gusto del baño pero nos ofrecía un maravilloso espectáculo. Sin luz diurna, con el ruido de las olas y por ese paseo de madera, de nuevo tocaba descansar del día y esperar al nuevo amanecer. El sexto día de estancia en Portugal nos esperaba. 


 Seguir visita a Oporto por la mañana.

Hacer colada por la tarde:    lavandería:  https://goo.gl/maps/yB2cfiWM2RWnph1a9

Dormir en Aveiro:  https://goo.gl/maps/Gi9F8J9sbWyuyX4L9



Día 6: Costa Nova - Aveiro

 La mañana del lunes nos encontró en el mismo sitio donde aparcamos en la tarde anterior, Susy y Yo nada más levantarnos, nos fuimos a visitar Costa Nova, ese lugar donde están las casitas de colores que también vimos ayer tarde de domingo. Por la mañana temprano, el bullicio y el gentío casi es nulo, y ahí es donde nosotros aprovechamos para ver y fotografiar los lugares sin tanto barullo. Recorrimos el paseo de la ría, ya sabiendo lo que nos íbamos a encontrar, solo que esta vez con la luz de la mañana, donde todo cambia y el encanto de los lugares se hace especial. La idea de desayunar nos rondó la cabeza y nos acercamos a la cafetería, estaba llena así que la decisión fue comprar algo de bollería, el pan para el día e irnos a nuestro alojamiento a hacer lo propio.
Despertamos a nuestra pequeña acompañante que aún seguía dormida, y desayunamos los tres a pie de furgo. Mientras llenábamos los buches, decidimos pasar el día allí que estábamos agusto, acercarnos a la playa un rato y ya a la tarde ahora si, acercarnos a hacer la colada. Como el baño era lo de menos por la dificultad que ello conllevaba, antes de pisar playa nos acercamos al espigón y estuvimos volando el dron, las imágenes con este aparato adquieren otra dimensión, ver desde lo alto el paisaje y lugar donde estas, a veces parece de mentira, lo que hasta hace unos años solo se veía en las películas y documentales, ahora está al alcance de cualquiera, bueno, de cualquiera que tenga un dron. Estuvimos entreteniéndonos un buen rato y cuando avisa de la batería baja, es hora de aterrizar y guardar.
Nos bajamos del espigón por la parte contraria  a la que subimos, sabiendo que en ese hueco de playa, el mar era menos bravo y podría ser posible nos permitiese bañarnos con un poco más de seguridad y tranquilidad. Voy a reconocer que un poco más calmado estaba, de frio seguía igual, pero solo fueron cuatro chapuzones en plan me refresco del calor y listo, lo de bañarse es otra cosa y tampoco se nos logró. Marcaba el reloj las 13:30 hora portuguesa, y ya nos estábamos excediendo en tiempo de playa, Hada había terminado su dibujo, Susy  había tomado su dosis de sol diaria, por ambos lados y Yo, barruntaba hambre por no haber almorzado, por lo que, emprendimos camino con todos los bártulos playeros, rumbo a nuestro sitio.
Comimos pues y como buenos españoles no perdonamos la siesta. La tarde estaba mediada y las labores de lavado de ropa eran ya necesarias, como habíamos planeado cambiarnos de sitio y movernos a dormir a Aveiro, a eso de las 19:00 horas nos acercamos de camino a un punto de lavado, justo a la salida de Costa Nova. Estuvimos allí lo que dura el lavado y con toda la ropa limpia, nos trasladamos al municipio de Aveiro, a punto de meterse el sol, nos sorprendió su colorido justo en el canal que utilizan las famosas barcas semejantes a las de la ciudad italiana, por esa razón se la conoce como la "pequeña Venecia".

Encontramos sitio donde aparcar y pasar allí la noche y nos fuimos a dar un paseo nocturno por el pueblo, con la intención de cenar en alguno de sus restaurantes. Así lo hicimos y volviendo sobre nuestros pasos, aunque dando un pequeño rodeo por despistarnos, a pesar de las advertencias de Hada, conseguimos llegar a nuestro pequeño y viajero hogar, donde de nuevo dispusimos todo para pasar la noche y esperar al día que sumaba ya el número 6 por tierras portuguesas. 

Dia 7: Aveiro - Figueira da Foz - Playa da Cova


El séptimo día, nos encontró despertando en la hermosa localidad de Aveiro, como cada día lo primero es desayunar, después claro está, de lavarse la cara y ver como amanece con los ojos más despejados. El lugar que escogimos para dormir no fue del todo de nuestro agrado, pero llegamos tarde y no estábamos solos en aquella esplanada, que para ser claro, había sido un derribo y que en breve algo edificarán ahí. Sin pensarlo mucho y ojeando el lugar vi como un gorrilla, fuera de nuestra demarcación de esplanada y ya en la calle junto al canal, manejaba el tráfico con el fin de sacarse unos euros. Sin desarmar la cama, incurriendo en una imprudencia de no repetir, nos desplazamos con la tercera viajera echada y con la sana intención de buscar una cafetería.
La parte menos transitada de Aveiro nos sirvió, encontramos un buen aparcamiento donde dejar la furgo, y a su encamada ocupante terminando de retozar su último sueño. Nosotros sin alejarnos mucho encontramos un lugar donde desayunamos, compramos el pan diario y quedamos servidos para la mañana. Volvimos a la furgo, pasando por la puerta del hospital que allí se localiza y desperezamos a Hada, se compuso, desayunó con lo que habíamos comprado y todos listos nos acercamos hasta donde termina el canal que tanta fama da a esta bonita localidad. Vimos como cada dos minutos aproximadamente giraban las barcazas sobre ese final en redondo que dibuja el canal en su final, donde, desde su pedestal sumergido, observaba la estatua de no se muy bien si mujer abrazando algo, sirena o algo parecido, sea cual fuere, allí inmóvil aguanta a las gaviotas que en su cabeza se posan y ya de paso la blanquean.
El paseo a lo largo del canal es vistoso y por sus dos orillas presenta distracción para todo turista interesado en plasmar un recuerdo. Sus pintorescos puentes están adornados con cintas de colores donde cada cuál elige su lugar para fotografiarse. Nada más llegar al lugar desde donde parten las barcazas llenas de turistas, comienza una calle llena de comercios, más bien es un centro comercial colocado estratégicamente, una montonera de bicis viejas y pintadas de colores, dan la bienvenida al lugar, y acogiéndose a ello Susy y Hada se disponen a comprar algo de ropa para la más joven de las dos. Yo que estoy con poca ropa por ser verano, pero vestido, sigo rumbo al pueblo y hago la tournée por mi cuenta. Las primeras vistas siguen siendo de las barcas, adornadas todas con pintorescos colores y escudos representativos del lugar, van y vienen llenas de gente complaciendo a todo el que navega a modo de  góndola veneciana, es por esto que a Aveiro se la conoce como "la pequeña Venecia".
Siendo como es una ciudad turística, puedes encontrar lo que en todas acontece, el personaje disfrazado de estatua dorada montado en una bicicleta, el músico callejero, en este caso una chica marcándose un fado portugués y por cierto con mucho encanto, de forma inusual, de repente como volver a un pasado no muy lejano pero casi olvidado, me encuentro con un afilador, pero no en plan turístico, este era de verdad. Iglesia, casas de colores, barrio de pescadores y algún que otro personaje pintoresco rellenan el lugar donde no faltan tampoco los restaurantes y los bares. Una vez completado el recorrido y con tropecientas fotos en la tarjeta, me dispuse a saber del paradero de mis dos acompañantes compradoras de prendas. Nos encontramos de inmediato y sentados ante el café de media mañana que acostumbramos a tomar, me cuentan de sus compras, más la una que la otra que en su eufórica alegría, se notaba que venía satisfecha y deseando estrenar lo recién adquirido.

Retomamos el mismo camino para regresar a nuestra pequeña casa rodante, esta vez por la otra orilla del canal y previa parada en el supermercado para reponer alguna cosa de la despensa comenzamos viaje hacia Figueira de Foz, lugar elegido para pasar lo que quedaba de día en curso.

Nos sorprendió al llegar la magnitud del lugar, pensábamos en una localidad más tranquila y más pequeña, pero hasta un circo y una feria había montado, lo vimos tan tu abarrotado que estuvimos tentados buscar más adelante un sitio. La zona de autocaravanas nos sirvió para aposentarnos y decidir que hacer, eso y que tenía controlado un lugar donde había duchas públicas y de agua caliente. Para todo aquel que viaja en furgo sabe de la importancia de estos sitios. Nuestros vecinos furgoneteros, venidos de Valencia, pero suramericanos afincados en España, nos informaron como teníamos que hacer para realizar tal función, pero lo primero por la hora fue comer y después de comer una siesta.
La tarde prometía, nos acercamos a la playa que allí mismo estaba, un poco de sol, un baño y un helado en el chiringuito fue todo lo que aconteció antes que marcara las seis el reloj de la torre donde en su base se encuentran esas famosas y deseadas duchas. Ahora si era nuestro momento, toalla en mano y bolsa de aseo, dos euros agua caliente y uno cincuenta agua fría, no hubo duda, las chicas al fondo y los chicos a la derecha. Las caras de satisfacción sobre todo de Hada después de tantos días sin ducha de agua caliente, eran un cuadro de mujeres sonrientes. He de decir que ducha llevamos y agua caliente...a ver, más bien está templada, es una ducha solar instalada en la baca de la furgo, que se agradece su templanza, pero vapor no sale como en un sitio cerrado. Llegó la hora de pasear por el lugar, recién duchados y ahora sí tocaba estrenar la ropa comprada, contentos por el momento y perfumados, atravesamos el ferial que a nuestro lado estaba, con su noria sus casetas, sus tómbolas sus coches de choque y una enorme carpa, que una y otra vez repetía por megafonía, aquello de: "pasen y vean el gran espectáculo del circo", pero en portugués claro está. El paseo era inacabable, avenida de Espanha, que así nos colocan la ñ,  anduvimos hasta que alguien dijo: "hasta aquí". y unos metros más adelante nos sentamos en una terraza a tomar un refresco. Era la hora de la puesta del sol y ya esperamos a ello con impaciencia por mi parte porque el lugar era el propio para hacer unas fotos de alucine. De allí y satisfecho por las vistas nos fuimos a cenar.
Como el sitio no nos convenció para dormir, y más teniendo la feria al lado nos encaminados más al sur, no muy lejos de allí, pero lo suficiente como para estar a gusto. El lugar que encontramos era el perfecto, aparcamiento a pie de paseo de playa, con mesa y sillas de madera justo detrás de la furgo, con su palmera para dar sombra, bajando unas escalinatas la arena y de fondo el océano, no se podía pedir más, Praia da Cova, rezaba en el cartel del lugar, colocado justo encima de las duchas. Las 22:00 horas y bajamos en la oscuridad a la playa, desde allí aún divisábamos la feria de Figueira da Foz, pero sin ruido, poco más hicimos y una vez  hechas las camas, nos despedimos de este séptimo día de aventura, esperando ansiosos al siguiente para conocer con luz,  el nuevo lugar elegido. 






Día 8: Playa da Cova - Playa da Cova

 En nuestro día número ocho, nada más amanecer, volvimos a vislumbrar el fabuloso sitio donde aterrizamos la noche anterior. La dinámica fue la misma que otros días, levantarnos Susy y Yo, asearnos, desayunar y partir a conocer el lugar, más con la finalidad de pasear y gastar alguna caloría del desayuno. La joven quedó en la cama, partimos al lado de la playa por ese paseo maravilloso que tienen casi todos estos lugares de Portugal.

Lo primero que vemos a escasos cien metros es un escenario a modo de templete con el dibujo del escudo de la villa y dibujos representativos de quehaceres pesqueros. Detrás y siempre paralelo al mar, entre el playa y el paseo, los comercios y el restaurante del sitio. Continuamos hasta el siguiente espigón entrante al mar, y descubrimos que estábamos también muy cerca del hospital, lo dejamos a un lado, hay que recordar que aún divisábamos desde allí al otro lado de la ría, Figueira da Foz, población donde pasamos el día anterior, pese a su proximidad, para llegar a ella había que dar una considerable vuelta atravesando un puente colgante enorme que desde allí, también estaba al alcance de nuestra vista.
No llegamos hasta el borde de la ría, aunque el paseo allí nos dirigía, vimos un poco antes, una zona donde los barcos de pesca, los cuales vimos por la noche sus luces faenando, estaban algunos aún llegando a su zona de descarga, el jaleo de gaviotas delataba su carga. Para llegar a ese lugar, pese a estar detrás de la valla que bordeábamos, había que dar un gran rodeo, pero si algo he aprendido en lugares así, es que siempre hay una segunda opción, porque siempre hay alguien que le cuesta dar rodeos. En el rincón donde doblaba la valla para seguir el mismo doblez que la acera y la carretera, allí los pescadores tenían abierto un trozo de alambrada, por el cual accedimos sin más.
Lo único que podía pasar es que nos echaran el alto y tuviésemos que salir de nuevo. Como no fue así, ahora nos encontrábamos dentro del lugar donde los barcos de pesca atracan para cargar y descargar. Después de saludar a varios de los allí presentes que nos cruzamos, vimos como de uno de los barcos salía gente que seguramente llevaba toda la noche faenando, gente joven por cierto. Curioso fue, ver como cada uno salía con un cubo lleno de algo que después descubrimos que era pescado. Unos andando, otros en coche, otros en moto y otros en bici poco a poco fueron marchando del lugar cada uno con su cubo lleno de pescado. También nosotros casi a la par que ellos, salimos de aquel recinto, ahora si por la puerta principal. Aquella calle nos llevó por otro lugar del pueblo, fuimos a dar a la rotonda de la entrada donde una cafetería y una panadería ponían el colofón al paseo matutino.
Tomar un café y comprar el pan diario, fue todo nuestro trabajo en aquél establecimiento lleno de gentes desayunando, unos veinte minutos nos llevó la faena y poco a poco, despidiendo con un adiós y un gracias "obrigado" en el idioma del lugar, regresamos a nuestro hueco en aquel fabuloso parquin de la  playa, donde además de nuestro vehículo, teníamos al tercer ocupante ya desperezado a estas alturas del día. Decidimos quedarnos allí por ser el último día de probar a bañarnos, he de decir que lo intentamos, bajamos los escasos escalones que conducían a la playa, dejamos los bártulos en la arena, nos fuimos hasta el espigón a ver en su final el furioso mar que, un día más nos privaba de poder chapucear a gusto. Todo quedó de nuevo en un refrescar el cuerpo, eso si, con mucho cuidado de no verse arrastrado por la resaca. Pese a todo estábamos disfrutando de una estupenda temperatura, de un día soleado y con anhelo ya vislumbrábamos que eran las ultimas horas de aquello que comenzó ocho días antes.
Pasó el tiempo y llegó la hora de alimentarse, una ducha a la salida de la playa, dejamos los utensilios playeros en la furgo y compuestos para la ocasión nos fuimos al restaurante que a cien metros estaba. La comida fue exquisita, lo mismo que el trato de los camareros y por supuesto la compañía, el café que por estas tierras es buenísimo, puso fin al momento de la manduca. Entendimos que era la hora de cumplir con la tradición de la siesta y eso hicimos. La tarde en aquel sitio hubiese sido aburrida, y como no teníamos intención de volver a la playa y allí no había otra cosa, nos fuimos a conocer el pueblo vecino, siguiendo el único camino que la carretera costera con rumbo sur nos descubriese.
Leirosa, así se llama el sitio, un pequeño pueblo también costero, debían de haber estado en fiestas pues estaban retirando un escenario y aún colgaban globos y banderines por sus calles, muestras fehacientes de que el día antes hubo bullicio. Vimos su playa, bien pegada a las casas, en medio del paseo una pequeña iglesia, también galardonada para la ocasión. Paseamos por todo aquello y sin más que ver, regresamos a nuestro mirador favorito sobre las ocho de la tarde. Desde nuestra particular ventana al horizonte, vimos como caía la tarde y de nuevo disfrutábamos de un nuevo atardecer al que poder poner un poco de chispa haciéndonos fotos a contraluz. Se acabó la jornada  y ya siendo noche cerrada, bajo ese cielo estrellado que nos acompañó a diario, nos metimos en la cama, dispuestos a descansar, sabiendo que era la última noche que pasábamos cerca del mar y en Portugal. 


Día 9: Playa da Cova -Viseu – Tudela de Duero

 La vuelta a casa era inevitable, pues así lo decidimos en días anteriores, habíamos conseguido mantener el itinerario lo más estricto posible con lo planeado. Solo algunos cambios por las circunstancias del día a día. Y con este que sería el de regreso habían pasado ocho. Para no alejarnos de la costa y sintiendo no haber conocido Coímbra, nos quedamos un día más en el último emplazamiento, ya habrá más ocasiones de conocer esta bonita ciudad. Así después de realizar la rutina diaria, partimos desde la playa de Cova rumbo a Viseu, donde si tuvimos parada para conocer esa ciudad. Las distancias entre los lugares que habíamos decidido visitar no eran de mucho tiempo, no es plan de pasarse medio día en el coche de viaje, por eso en hora y media nos plantamos en Viseu y después de aparcar nos dispusimos a visitarlo.
Así lo hicimos, aunque nuestra cabeza ya estaba de regreso, por una parte nos daba pena dejar esa vida de holgazanería y descanso perpetuo, pero las obligaciones de la vida nos reclaman a cada momento. Visitamos durante un par de horas Viseu, nos tomamos un café en una de sus plazas más emblemáticas y sin más dilación y antes de mediodía, volvimos a coger carretera dirección España. Solo nos separaba otra hora y veinte minutos desde Viseu a la frontera, entramos por Fuentes de Oñoro, mucho más al sur de donde entramos a Portugal, la hora de comer se nos echó encima a velocidad endiablada, dado que nada más entrar en España tuvimos que adelantar una hora en el reloj, caso contrario a lo que sucedía ocho días antes cuando cruzamos por la zona de Verín.
Nuestro lugar elegido por proximidad fue el restaurante los chopos, en plena carretera y lugar de parada de camioneros y viajantes. Un suculento menú más de nuestra condición de primero segundo y postre hizo nuestras delicias culinarias y sirvió de sustento para continuar camino hacia casa. Y así sin parar aparecimos en Tudela de Duero, ocho días después de nuestra partida, contentos por lo vivido, satisfechos por lo conocido y agradecidos por la amabilidad de las gentes con las que nos cruzamos. Seguramente no será el último viaje que hagamos a Portugal, pues tiene lugares maravillosos a lo largo de todo el país.