La noche fue muy tranquila en este nuevo emplazamiento, viernes 11 de agosto, los primeros rayos del sol nos despiertan y no tenemos más remedio que desperezarnos y salir a contemplar como comienza un día que promete atractivo. Como los anteriores, las nubes cubren algo el cielo y dan esa tranquilidad de no pasar calor. Dejamos a nuestra joven acompañante durmiendo un rato más, y nos fuimos a desayunar a una cafetería cercana. No podíamos estar en mejor sitio, a pie de playa, chiringuito cerca, cafetería a dos calles de distancia y el paseo del mar para andar lo que se quisiera. Volvimos de desayunar y despertamos y desperezamos a la joven dormilona, la acompañamos a hacer lo propio a la cafetería, y nos fuimos después los tres a pasear hasta la otra punta de la playa donde se divisaba un faro y un barrio de pescadores.

Lo cierto es que el lugar era muy pintoresco, unas barcas varadas en el final de la playa, supuestamente llegadas de faenar, las casas típicas de los pescadores, cuyas mayores ornamentas eran los trastos y cachivaches del oficio de pescar, supuestamente el lugar era el comienzo de ese pueblo y su actividad, a las claras, pesquera. Algunas mujeres exponen algunas capturas en barreños, no con mucha confianza de salubridad, aún así algunos transeúntes se acercan a preguntar por el precio de un pulpo, los hombres arreglaban y preparaban redes y barcas, todo el mundo estaba haciendo algo, luego supimos que son los barcos que salen a pescar por la noche, los cuales veíamos desde la playa y desde nuestro privilegiado sitio de aparcamiento.

Lo más alarmante para mis acompañantes fue el fuerte olor que el lugar desprendía, entre pescado podrido y algas muertas, lo cierto es que se hacía algo desagradable, pasamos todo este lugar y giramos en el espigón que conducía al faro que habíamos divisado. El cartel de peligro por oleaje fuerte, muy semejante al de los cables de alta tensión, no parecía detener el paso de nadie, sí comprobamos, que al llegar hasta el final donde estaba el faro, que algunas olas eran capaces de sobrepasar el rompeolas y mojarnos los pies, después de dejar plasmado el lugar con nuestra cámara y algunos poses fotográficos de la joven, nos fuimos a traspasar de nuevo el sitio del mal olor, decidimos ir por el pueblo y no por el paseo de la playa que es por donde vinimos, y tomar de paso un café que la hora ya lo pedía.

Un Continente se nos interpuso en el camino y entramos a comprar algunas provisiones, siempre es necesario tener comida y bebida por lo que pueda pasar, en Portugal todavía existen los supermercados Continente, que junto a los Intermarché y los Mercadona, entre otros menores, abastecen todas las necesidades, nosotros somos los que nos beneficiamos de todos ellos. Nuestro regreso del paseo suele coincidir sobre las 13:00 horas, pronto para comer y el momento justo para intentar refrescarnos en ese mar que teníamos a nuestros pies, y tumbarnos en esa playa, que hasta el momento nos respetaba de sus vientos zurcidores de arena. Cogimos los bártulos playeros, incluido el cortavientos que con mucha prevención habíamos comprado en España y aposentamos nuestros cuerpos en la arena, con crema hasta la saciedad y la cabeza a la sombra. Lo de bañarse se nos puso más complicado la bandera amarilla ya anunciaba el estado del mar, así que solo pudimos meternos hasta la cintura y con el temor de que no viniera una ola más grande, por lo que remojados, que no bañados, nos conformamos con tumbarnos al sol, aunque fuese por poco tiempo. Comimos en la furgo, no había ganas de andar buscando, como de costumbre nos tumbamos la siesta, nos pusimos al día con las redes sociales, y de nuevo nos acercamos hasta la orilla del agua, donde otra vez en un intento fallido, fracasamos al querer bañarnos, de nuevo refrescarnos fue nuestra mejor opción. No queríamos movernos tan pronto de hora como el día anterior, pues hay horas en que la gente se va de las playas y esa es cuando nosotros debemos de llegar, la ventaja es que no encuentras sitio, eliges sitio. Esta vez el destino era el área de autocaravanas de Oporto, que era nuestro plato fuerte de visita en este viaje. Aprovechamos de nuevo tener la ducha al lado, y eso hicimos, ducharnos. Arregladitos y limpios dimos un último paseo en ese fantástico lugar, como despedida saboreamos un delicioso helado en el chiringuito cercano. Salimos de Lavra, de esa playa, Pedras do Corgo, sin conocer Vila do Conde, pero contentos, y en el reloj las 19:00 horas, ideal para acudir al siguiente punto.
En poco menos de una hora estábamos aparcados en las afueras de Oporto, un barrio que parece tranquilo y de trabajadores, el área está casi lleno, pero nosotros somos pequeños y nos hacemos hueco al fondo del todo, a un lado una Mercedes Vito, y al otro los dos lugares destinados a minusválidos, una autocaravana grande nos quita la vista de la carretera que está a unos escasos cuarenta metros.

Aposentados en el lugar, empezamos a hacer planes para el día siguiente, y lo primero era el manejo del metro de aquella ciudad. Nada más cruzar la carretera estaba la línea de metro, y la parada de metro de Venda Nova, nombre que designaba también al área de autocaravanas. Después de estudiar el mapa en la mampara de la parada, sin enterarnos de nada nos volvimos a la furgo, con la intención de cenar, aún teníamos albóndigas en la nevera, nada más preparar llegaron los vecinos , un Jerezano y su mujer cordobesa, con una niña de 9 años, empezamos a hablar y como todos estábamos a lo mismo, ellos ya venían de visitar Oporto, acto seguido de las presentaciones nos regalaron rechazando el pago, cuatro billetes de metro, nos explicaron como debíamos de hacer para acudir al centro de la ciudad e intercambiamos muchas opiniones y cosas sobre el mundo de las furgonetas, era su primera vez de un viaje largo. Y poco más aconteció en el día, solo nos quedaba pasar la noche y esperar que Oporto nos deleitara con la belleza y grandeza de la que nos hablan. Continuará.