En nuestro día número ocho, nada más amanecer, volvimos a vislumbrar el fabuloso sitio donde aterrizamos la noche anterior. La dinámica fue la misma que otros días, levantarnos Susy y Yo, asearnos, desayunar y partir a conocer el lugar, más con la finalidad de pasear y gastar alguna caloría del desayuno. La joven quedó en la cama, partimos al lado de la playa por ese paseo maravilloso que tienen casi todos estos lugares de Portugal.
Lo primero que vemos a escasos cien metros es un escenario a modo de templete con el dibujo del escudo de la villa y dibujos representativos de quehaceres pesqueros. Detrás y siempre paralelo al mar, entre el playa y el paseo, los comercios y el restaurante del sitio. Continuamos hasta el siguiente espigón entrante al mar, y descubrimos que estábamos también muy cerca del hospital, lo dejamos a un lado, hay que recordar que aún divisábamos desde allí al otro lado de la ría, Figueira da Foz, población donde pasamos el día anterior, pese a su proximidad, para llegar a ella había que dar una considerable vuelta atravesando un puente colgante enorme que desde allí, también estaba al alcance de nuestra vista. No llegamos hasta el borde de la ría, aunque el paseo allí nos dirigía, vimos un poco antes, una zona donde los barcos de pesca, los cuales vimos por la noche sus luces faenando, estaban algunos aún llegando a su zona de descarga, el jaleo de gaviotas delataba su carga. Para llegar a ese lugar, pese a estar detrás de la valla que bordeábamos, había que dar un gran rodeo, pero si algo he aprendido en lugares así, es que siempre hay una segunda opción, porque siempre hay alguien que le cuesta dar rodeos. En el rincón donde doblaba la valla para seguir el mismo doblez que la acera y la carretera, allí los pescadores tenían abierto un trozo de alambrada, por el cual accedimos sin más. Lo único que podía pasar es que nos echaran el alto y tuviésemos que salir de nuevo. Como no fue así, ahora nos encontrábamos dentro del lugar donde los barcos de pesca atracan para cargar y descargar. Después de saludar a varios de los allí presentes que nos cruzamos, vimos como de uno de los barcos salía gente que seguramente llevaba toda la noche faenando, gente joven por cierto. Curioso fue, ver como cada uno salía con un cubo lleno de algo que después descubrimos que era pescado. Unos andando, otros en coche, otros en moto y otros en bici poco a poco fueron marchando del lugar cada uno con su cubo lleno de pescado. También nosotros casi a la par que ellos, salimos de aquel recinto, ahora si por la puerta principal. Aquella calle nos llevó por otro lugar del pueblo, fuimos a dar a la rotonda de la entrada donde una cafetería y una panadería ponían el colofón al paseo matutino. Tomar un café y comprar el pan diario, fue todo nuestro trabajo en aquél establecimiento lleno de gentes desayunando, unos veinte minutos nos llevó la faena y poco a poco, despidiendo con un adiós y un gracias "obrigado" en el idioma del lugar, regresamos a nuestro hueco en aquel fabuloso parquin de la playa, donde además de nuestro vehículo, teníamos al tercer ocupante ya desperezado a estas alturas del día. Decidimos quedarnos allí por ser el último día de probar a bañarnos, he de decir que lo intentamos, bajamos los escasos escalones que conducían a la playa, dejamos los bártulos en la arena, nos fuimos hasta el espigón a ver en su final el furioso mar que, un día más nos privaba de poder chapucear a gusto. Todo quedó de nuevo en un refrescar el cuerpo, eso si, con mucho cuidado de no verse arrastrado por la resaca. Pese a todo estábamos disfrutando de una estupenda temperatura, de un día soleado y con anhelo ya vislumbrábamos que eran las ultimas horas de aquello que comenzó ocho días antes. Pasó el tiempo y llegó la hora de alimentarse, una ducha a la salida de la playa, dejamos los utensilios playeros en la furgo y compuestos para la ocasión nos fuimos al restaurante que a cien metros estaba. La comida fue exquisita, lo mismo que el trato de los camareros y por supuesto la compañía, el café que por estas tierras es buenísimo, puso fin al momento de la manduca. Entendimos que era la hora de cumplir con la tradición de la siesta y eso hicimos. La tarde en aquel sitio hubiese sido aburrida, y como no teníamos intención de volver a la playa y allí no había otra cosa, nos fuimos a conocer el pueblo vecino, siguiendo el único camino que la carretera costera con rumbo sur nos descubriese. Leirosa, así se llama el sitio, un pequeño pueblo también costero, debían de haber estado en fiestas pues estaban retirando un escenario y aún colgaban globos y banderines por sus calles, muestras fehacientes de que el día antes hubo bullicio. Vimos su playa, bien pegada a las casas, en medio del paseo una pequeña iglesia, también galardonada para la ocasión. Paseamos por todo aquello y sin más que ver, regresamos a nuestro mirador favorito sobre las ocho de la tarde. Desde nuestra particular ventana al horizonte, vimos como caía la tarde y de nuevo disfrutábamos de un nuevo atardecer al que poder poner un poco de chispa haciéndonos fotos a contraluz. Se acabó la jornada y ya siendo noche cerrada, bajo ese cielo estrellado que nos acompañó a diario, nos metimos en la cama, dispuestos a descansar, sabiendo que era la última noche que pasábamos cerca del mar y en Portugal.
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