La mañana del jueves 10 de agosto, apareció algo cargada de nubes, pero no era preocupante pues para visitar el lugar cuanto menos calor mucho mejor. Allí estábamos, muy cerca del punto de inicio del teleférico que sube al Santuario de la Peña. Recogimos la furgona, y nos fuimos a la ciudad a desayunar, como ya habíamos conocido algo en nuestro paseo nocturno, fuimos directamente a la plaza principal.
Apenas hacía una hora que habían abierto y aún algún establecimiento lo estaba haciendo, lo bueno de madrugar es ver como despierta la ciudad, como abren los comercios, los servicios de limpieza riegan jardines y parques, y las gentes del lugar acuden a la panadería a por el sustento diario. Sentados en la terraza de aquel bar, en la plaza Largo de Oliveira, degustamos un suculento y abundante desayuno.
Terminados dichos manjares, recorrimos los mismos lugares que por la noche, pero esta vez con luz diurna, donde todo adquiere otro carisma y otro encanto. Una de las visitas obligadas es el castillo, el cuál nos agradó en toda su extensión, lo cierto es que se hace raro volver a aquellas épocas donde los castillos eran viviendas, eso si, para unos pocos privilegiados, cuesta pero apetece imaginar como sería aquella vida, tanto en verano como en invierno. En fin, si los castillos como lugares favoritos eran viviendas para la alta sociedad, recorriendo las calles, encuentras las casas de la gente corriente, que también cuesta imaginarse como sería esa vida, aunque seguramente mucho más dura que la de la nobleza, mucho han cambiado los tiempos, o quizás no.
Pateada la ciudad y complacidos por lo visto, decidimos subir en el teleférico hasta el santuario que se divisaba desde abajo. EL viaje dura unos diez minutos y ofrece una de las mejores vistas de Guimarães, como norma las fotos y los videos quedan corroborando lo dicho y visto.
Una vez arriba una serie de caminos con mucho encanto, nos dirigen hasta este santuario de la Peña, el lugar se nota que es muy visitado por los turistas, por sus jardines, sus fuentes y sus vistas de la ciudad merece la pena visitarlo. Ya empezaba a hacer calor, pues hasta entonces se estaba a gusto, así que siendo cerca de las trece horas y cansados de andar, nos bajamos de nuevo en el teleférico, y como teníamos el vehículo al lado, emprendimos camino hasta el nuevo rumbo. A pesar de llevar todo muy bien preparado, y los sitios con sus respectivas direcciones, este tipo de turismo es una aventura constante, nunca sabes donde acabaras pasando ni la noche ni el día, quizás sea eso lo que le hace interesante. Próximo destino Vila do Conde
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