El séptimo día, nos encontró despertando en la hermosa localidad de Aveiro, como cada día lo primero es desayunar, después claro está, de lavarse la cara y ver como amanece con los ojos más despejados. El lugar que escogimos para dormir no fue del todo de nuestro agrado, pero llegamos tarde y no estábamos solos en aquella esplanada, que para ser claro, había sido un derribo y que en breve algo edificarán ahí. Sin pensarlo mucho y ojeando el lugar vi como un gorrilla, fuera de nuestra demarcación de esplanada y ya en la calle junto al canal, manejaba el tráfico con el fin de sacarse unos euros. Sin desarmar la cama, incurriendo en una imprudencia de no repetir, nos desplazamos con la tercera viajera echada y con la sana intención de buscar una cafetería.
La parte menos transitada de Aveiro nos sirvió, encontramos un buen aparcamiento donde dejar la furgo, y a su encamada ocupante terminando de retozar su último sueño. Nosotros sin alejarnos mucho encontramos un lugar donde desayunamos, compramos el pan diario y quedamos servidos para la mañana. Volvimos a la furgo, pasando por la puerta del hospital que allí se localiza y desperezamos a Hada, se compuso, desayunó con lo que habíamos comprado y todos listos nos acercamos hasta donde termina el canal que tanta fama da a esta bonita localidad. Vimos como cada dos minutos aproximadamente giraban las barcazas sobre ese final en redondo que dibuja el canal en su final, donde, desde su pedestal sumergido, observaba la estatua de no se muy bien si mujer abrazando algo, sirena o algo parecido, sea cual fuere, allí inmóvil aguanta a las gaviotas que en su cabeza se posan y ya de paso la blanquean.
El paseo a lo largo del canal es vistoso y por sus dos orillas presenta distracción para todo turista interesado en plasmar un recuerdo. Sus pintorescos puentes están adornados con cintas de colores donde cada cuál elige su lugar para fotografiarse. Nada más llegar al lugar desde donde parten las barcazas llenas de turistas, comienza una calle llena de comercios, más bien es un centro comercial colocado estratégicamente, una montonera de bicis viejas y pintadas de colores, dan la bienvenida al lugar, y acogiéndose a ello Susy y Hada se disponen a comprar algo de ropa para la más joven de las dos. Yo que estoy con poca ropa por ser verano, pero vestido, sigo rumbo al pueblo y hago la tournée por mi cuenta. Las primeras vistas siguen siendo de las barcas, adornadas todas con pintorescos colores y escudos representativos del lugar, van y vienen llenas de gente complaciendo a todo el que navega a modo de góndola veneciana, es por esto que a Aveiro se la conoce como "la pequeña Venecia".
Siendo como es una ciudad turística, puedes encontrar lo que en todas acontece, el personaje disfrazado de estatua dorada montado en una bicicleta, el músico callejero, en este caso una chica marcándose un fado portugués y por cierto con mucho encanto, de forma inusual, de repente como volver a un pasado no muy lejano pero casi olvidado, me encuentro con un afilador, pero no en plan turístico, este era de verdad. Iglesia, casas de colores, barrio de pescadores y algún que otro personaje pintoresco rellenan el lugar donde no faltan tampoco los restaurantes y los bares. Una vez completado el recorrido y con tropecientas fotos en la tarjeta, me dispuse a saber del paradero de mis dos acompañantes compradoras de prendas. Nos encontramos de inmediato y sentados ante el café de media mañana que acostumbramos a tomar, me cuentan de sus compras, más la una que la otra que en su eufórica alegría, se notaba que venía satisfecha y deseando estrenar lo recién adquirido.
Retomamos el mismo camino para regresar a nuestra pequeña casa rodante, esta vez por la otra orilla del canal y previa parada en el supermercado para reponer alguna cosa de la despensa comenzamos viaje hacia Figueira de Foz, lugar elegido para pasar lo que quedaba de día en curso.
Nos sorprendió al llegar la magnitud del lugar, pensábamos en una localidad más tranquila y más pequeña, pero hasta un circo y una feria había montado, lo vimos tan tu abarrotado que estuvimos tentados buscar más adelante un sitio. La zona de autocaravanas nos sirvió para aposentarnos y decidir que hacer, eso y que tenía controlado un lugar donde había duchas públicas y de agua caliente. Para todo aquel que viaja en furgo sabe de la importancia de estos sitios. Nuestros vecinos furgoneteros, venidos de Valencia, pero suramericanos afincados en España, nos informaron como teníamos que hacer para realizar tal función, pero lo primero por la hora fue comer y después de comer una siesta.
La tarde prometía, nos acercamos a la playa que allí mismo estaba, un poco de sol, un baño y un helado en el chiringuito fue todo lo que aconteció antes que marcara las seis el reloj de la torre donde en su base se encuentran esas famosas y deseadas duchas. Ahora si era nuestro momento, toalla en mano y bolsa de aseo, dos euros agua caliente y uno cincuenta agua fría, no hubo duda, las chicas al fondo y los chicos a la derecha. Las caras de satisfacción sobre todo de Hada después de tantos días sin ducha de agua caliente, eran un cuadro de mujeres sonrientes. He de decir que ducha llevamos y agua caliente...a ver, más bien está templada, es una ducha solar instalada en la baca de la furgo, que se agradece su templanza, pero vapor no sale como en un sitio cerrado. Llegó la hora de pasear por el lugar, recién duchados y ahora sí tocaba estrenar la ropa comprada, contentos por el momento y perfumados, atravesamos el ferial que a nuestro lado estaba, con su noria sus casetas, sus tómbolas sus coches de choque y una enorme carpa, que una y otra vez repetía por megafonía, aquello de: "pasen y vean el gran espectáculo del circo", pero en portugués claro está. El paseo era inacabable, avenida de Espanha, que así nos colocan la ñ, anduvimos hasta que alguien dijo: "hasta aquí". y unos metros más adelante nos sentamos en una terraza a tomar un refresco. Era la hora de la puesta del sol y ya esperamos a ello con impaciencia por mi parte porque el lugar era el propio para hacer unas fotos de alucine. De allí y satisfecho por las vistas nos fuimos a cenar.
Como el sitio no nos convenció para dormir, y más teniendo la feria al lado nos encaminados más al sur, no muy lejos de allí, pero lo suficiente como para estar a gusto. El lugar que encontramos era el perfecto, aparcamiento a pie de paseo de playa, con mesa y sillas de madera justo detrás de la furgo, con su palmera para dar sombra, bajando unas escalinatas la arena y de fondo el océano, no se podía pedir más, Praia da Cova, rezaba en el cartel del lugar, colocado justo encima de las duchas. Las 22:00 horas y bajamos en la oscuridad a la playa, desde allí aún divisábamos la feria de Figueira da Foz, pero sin ruido, poco más hicimos y una vez hechas las camas, nos despedimos de este séptimo día de aventura, esperando ansiosos al siguiente para conocer con luz, el nuevo lugar elegido.
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